Por: Martha Ruiz

Hay momentos que no solo incomodan, retratan.
Hace unos días circuló un video en el que, ante la ausencia de mujeres en un evento oficial, la reacción no fue cuestionarla, sino burlarse. Tres hombres, en un podcast, alrededor de una mesa y micrófonos —con total libertad de expresión— eligieron no explicar, no reflexionar… sino reír. Y hacerlo, además, con un nivel de cinismo e insulto que hace unos años habría resultado impensable en público.
Porque sí, algo ha cambiado.
Hubo un tiempo en que la exclusión era parte de la cultura y nadie la cuestionaba. Después vino una etapa en la que, al menos, se intentaba disimular. Hoy, en algunos espacios, ya ni eso: la ausencia se reconoce… y se trivializa.

Ese retroceso es el verdadero foco de atención.
No estamos frente a un descuido, sino frente a una normalización más peligrosa: la de saber que algo está mal y, aun así, no solo no corregirlo, sino convertirlo en motivo de risa.
La inclusión no es una tendencia ni un discurso políticamente correcto. Es una decisión que define el nivel de evolución de una industria. Y cuando quienes tienen voz pública optan por el cinismo en lugar de la reflexión, el mensaje que se envía es claro: no hay interés en cambiar.
Por eso la conversación no es sobre un evento ni sobre un comentario desafortunado. Es sobre hasta dónde estamos dispuestos a retroceder… o si realmente vamos a asumir la responsabilidad de avanzar.
No es una anécdota incómoda. Es una señal clara. Cuando la exclusión deja de ocultarse y empieza a presumirse, el problema ya no es la falta de conciencia… es la falta de intención.
Y ahí es donde se define todo. Porque avanzar no es inevitable. También se puede retroceder.
La diferencia está en quien decide no quedarse callado.

Martha Ruiz
Directora Editorial de Eje Femenino






