Por: Irma Soto
Hace algunos años escuché una reflexión que se quedó conmigo:
Lo que te ayudó a llegar hasta aquí no necesariamente es lo que te llevará al siguiente nivel.
En ese momento pensé en mi propia carrera.
Pensé en todas las cosas que me habían permitido crecer profesionalmente: la disciplina, la responsabilidad, la preparación constante, el compromiso, la capacidad de ejecución y la obsesión por hacer bien las cosas.
Durante muchos años esas características fueron una ventaja competitiva, y lo siguen siendo.
Sin embargo, conforme fui asumiendo posiciones de mayor responsabilidad, descubrí algo que nadie me había enseñado:
Muchas mujeres exitosas crecimos bajo un modelo muy parecido.
- Nos enseñaron a estudiar, a prepararnos, a cumplir, a entregar resultados y a evitar errores.
- Aprendimos que el reconocimiento llegaba cuando hacíamos las cosas bien.
- Que el esfuerzo era recompensado.
- Que la mejor estrategia era estar preparadas.
Y en gran medida, tenían razón.
Pero existe una diferencia importante entre destacar en el aula y liderar en el mundo real.
Porque mientras la escuela premia las respuestas correctas, el liderazgo exige tomar decisiones cuando nadie tiene todas las respuestas.
Durante años fui la persona que llegaba preparada a cada reunión, la que investigaba antes de hablar, la que buscaba entender el contexto antes de emitir una opinión. Y sigo creyendo profundamente en el valor de la preparación.
Sin embargo, hubo momentos en mi carrera donde entendí que esperar tener toda la información también podía convertirse en una forma sofisticada de postergar decisiones.
Porque en los niveles más altos de liderazgo rara vez existe información perfecta.
Los directores generales, consejeros y líderes empresariales toman decisiones todos los días con información incompleta, escenarios cambiantes y altos niveles de incertidumbre.
Y ahí fue donde comprendí una de las trampas del síndrome de la buena alumna:
La autora de Lean In menciona algo que sigue siendo relevante para muchas mujeres profesionales: con frecuencia esperamos cumplir el 100% de los requisitos antes de levantar la mano para una oportunidad, mientras que otros perfiles suelen sentirse cómodos haciéndolo con mucho menos.
No se trata de capacidad, se trata de percepción, y esa diferencia tiene consecuencias.
La veo constantemente en organizaciones de todos los tamaños.
- Mujeres extraordinariamente preparadas que esperan un año más antes de buscar una promoción.
- Líderes que postergan una conversación importante porque sienten que todavía necesitan más información.
- Ejecutivas que minimizan sus logros porque consideran que simplemente estaban haciendo su trabajo.
- Empresarias que retrasan el lanzamiento de un proyecto porque sienten que aún no está perfecto.
El problema es que el mercado no premia la perfección, premia la capacidad de generar impacto.
Y en muchas ocasiones el crecimiento profesional no depende únicamente de cuánto sabes; también depende de tu capacidad para influir, decidir, comunicar, negociar y asumir riesgos.
Con el tiempo entendí que una de las transiciones más importantes en cualquier carrera profesional ocurre cuando dejamos de preguntarnos:
¿Estoy preparada?
Y comenzamos a preguntarnos:
¿Qué decisión necesita tomar el negocio?
Porque en ese momento dejamos de pensar como ejecutoras y comenzamos a pensar como líderes.
Quizá por eso una de las conversaciones más importantes que deberíamos tener con las nuevas generaciones de mujeres no es únicamente sobre preparación.
Es sobre criterio, es sobre confianza, es sobre aprender a convivir con la incertidumbre.
Porque la realidad es que nadie llega completamente listo a los grandes retos: nadie. Ni a la primera dirección, ni a la primera vicepresidencia, ni al primer consejo, ni al primer emprendimiento.
Hoy sigo creyendo en la preparación, sigo creyendo en el trabajo duro, sigo creyendo en la excelencia.
Pero también aprendí que llega un momento en la carrera donde crecer exige algo más.
Exige atreverse.
Exige decidir.
Exige hablar antes de tener todas las respuestas.
Y exige entender que el liderazgo no consiste en saberlo todo; consiste en avanzar incluso cuando todavía no lo sabes todo.
Pero el liderazgo exige atravesarlas.
Porque muchas veces el siguiente nivel de crecimiento no está del otro lado de un curso más, una certificación más o un año más de experiencia.
Está del otro lado de una decisión.
Abramos la conversación
¿Cuál ha sido la decisión más importante que tomaste sin sentirte completamente lista?
Porque quizá el verdadero liderazgo comienza el día que dejamos de esperar la perfección para empezar a confiar en nuestro criterio.
“No se trata de capacidad.”

Sobre la Autora:
Irma Soto es profesional especializada en desarrollo humano y liderazgo organizacional, con experiencia en acompañamiento, formación y reflexión sobre el bienestar emocional, la cultura laboral y el crecimiento personal de las mujeres en entornos profesionales.

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