Por: Martha Ruiz, Directora Editorial, Eje Femenino
Hace unos días vi una entrevista a una mujer que jugó fútbol en España en los años 70. Lo que más me llamó la atención no fue la historia en sí, sino escuchar los argumentos que se utilizaban para justificar la exclusión.
Hablamos de mujeres que siguen vivas y recuerdan perfectamente lo que se decía sobre ellas cuando decidían jugar fútbol.
Detrás de la historia del fútbol femenino hay una lección más amplia sobre la forma en que ciertas ideas logran mantenerse vigentes durante décadas, incluso cuando los hechos terminan demostrando que estaban equivocadas.
Resulta curioso que, mientras celebramos uno de los eventos deportivos más importantes del mundo, siga siendo necesario recordar que hubo una época en la que muchas mujeres tuvieron que justificar algo tan simple como querer jugar, aunque hoy esa resistencia se manifieste de otras formas: agresiones, diferencias salariales o cuestionamientos que rara vez se plantean a los hombres.
Las ideas rara vez desaparecen por completo
Se decía que las mujeres que jugaran al fútbol perderían feminidad, que abandonarían el deporte en cuanto se casaran o que aquello no correspondía con el papel que debían desempeñar en la sociedad.
Detrás de esos argumentos había una convicción profunda: ciertas actividades simplemente no eran para las mujeres.
Con el paso de los años, el fútbol femenino terminó por abrirse camino. Sin embargo, escuchar esas explicaciones desde el presente obliga a hacerse una pregunta incómoda: si hoy nos parecen tan absurdas, ¿por qué siguen siendo aceptadas como algo normal?
Quizá porque las ideas rara vez desaparecen de golpe. Con frecuencia se adaptan, cambian de forma y encuentran nuevas maneras de presentarse.
Muchas creencias sobreviven porque logran adaptarse a los nuevos tiempos.
Aún hay personas que defienden que las mujeres no deberían practicar un deporte por razones de feminidad. Sin embargo, todavía encontramos argumentos que cuestionan su presencia en determinados espacios apelando a otras preocupaciones aparentemente más razonables. Ya no se habla de naturaleza o destino, sino de disponibilidad, prioridades, estilos de liderazgo o compatibilidad con ciertas responsabilidades.
Cuando el problema no es la falta de interés
Uno de los aspectos más interesantes de la historia es que el fútbol femenino no apareció de la nada. Desde principios del siglo XX hubo mujeres que intentaron abrirse espacio en un deporte que ya despertaba pasiones y polémicas.
Incluso el fútbol practicado por hombres tuvo numerosos detractores. Se le acusaba de ser peligroso, de provocar lesiones, de distraer a los jóvenes del estudio y del trabajo, e incluso de fomentar rivalidades entre ciudades y países.
Sin embargo, cuando las mujeres comenzaron a jugarlo, la discusión cambió de rumbo.
A partir de ese momento la conversación ya no giraba alrededor del deporte. Giraba alrededor de las mujeres que querían practicarlo.
Los partidos de fútbol femenino atraían público, despertaban interés y generaban conversación. Las primeras futbolistas españolas llenaban campos, realizaban giras y despertaban la curiosidad de los medios. Décadas después, en distintos países, los partidos femeninos seguirían convocando espectadores.
La oposición no surgió porque nadie quisiera verlas jugar. Surgió porque estaban entrando en un espacio que muchos consideraban exclusivamente masculino.
Esa parte de la historia resulta especialmente reveladora porque nos recuerda que la resistencia al cambio no siempre aparece cuando algo fracasa. A veces surge cuando algo funciona y cuestiona una manera establecida de entender las cosas.
Lo curioso es que pocas veces estas restricciones se presentan abiertamente como una forma de exclusión. Con frecuencia se justifican como medidas de protección, de orden o de sentido común.
A lo largo de la historia, muchas restricciones impuestas a distintos grupos se defienden argumentando que son necesarias para preservar valores, evitar riesgos o proteger a las propias personas afectadas.
Cuando el debate nunca fue sobre el fútbol
Al revisar las primeras décadas del fútbol femenino aparece un patrón llamativo. Los argumentos cambiaban constantemente.
Unas veces se decía que el deporte era demasiado violento. Otras, que afectaría la salud de las mujeres. Más tarde surgieron advertencias sobre la maternidad, el matrimonio o la supuesta pérdida de feminidad.
Algunos médicos llegaron incluso a sostener que la práctica de deportes como el fútbol podía provocar cambios físicos que afectarían la capacidad de las mujeres para ser madres. Otros afirmaban que una mujer deportista terminaría abandonando esas actividades cuando llegaran las responsabilidades familiares, porque su verdadera función estaba en otro lugar.
Visto desde el presente, resulta difícil creer que esas afirmaciones fueran consideradas razonables. Sin embargo, durante años fueron aceptadas, repetidas y difundidas por personas con autoridad e influencia. Algunas de esas ideas siguen reapareciendo bajo formas distintas.
Viendo la historia completa, resulta difícil concluir que la discusión sea realmente sobre el fútbol.
El fútbol es solamente el escenario donde se discute algo más profundo: quién puede ocupar determinados espacios, quién tiene autoridad para definir los límites y quién debe aceptar las expectativas que otros han construido para su vida.
Hay otro detalle que llama la atención. Parece que no cambia nada: muchas crónicas dedican más espacio a comentar la apariencia, la ropa o la gracia de las jugadoras que a analizar su desempeño deportivo.
Cuando las mujeres entran en espacios donde históricamente no se esperaba encontrarlas, con frecuencia se evalúa algo más que sus resultados. También se evalúa si siguen cumpliendo con las expectativas sociales sobre cómo deberían comportarse, verse o actuar.
Quién define las reglas
Cuántas normas, costumbres o límites que hoy consideramos naturales nacieron, en realidad, de decisiones concretas tomadas en un momento específico por personas específicas.
Con el tiempo, esas decisiones terminan adquiriendo una apariencia de normalidad que hace olvidar su origen.
En las organizaciones ocurre algo parecido. Con frecuencia hablamos de cultura empresarial, tradición o costumbre como si fueran fenómenos abstractos, cuando en realidad muchas de esas prácticas nacieron de decisiones concretas tomadas por personas concretas.
En algún momento alguien decidió quién participaba en determinados espacios, quién tenía acceso a ciertas oportunidades o qué características eran deseables para ocupar posiciones de liderazgo.
Con el tiempo esas decisiones dejaron de verse como elecciones y comenzaron a percibirse como algo natural. Ese es precisamente el momento en que resulta más difícil cuestionarlas.
Quizá por eso algunos cambios parecen tan complicados. No se trata únicamente de modificar reglas o actualizar políticas. También implica revisar ideas que llevan tanto tiempo entre nosotros que han dejado de percibirse como ideas para convertirse en supuestas verdades evidentes.
Lo que realmente cambia las cosas
Cuando observamos los cambios sociales desde la distancia, existe la tentación de pensar que eran inevitables. Sin embargo, casi nunca ocurre así. Detrás de cada transformación importante suele haber personas que decidieron desafiar una idea aceptada, hacer preguntas incómodas o insistir cuando la mayoría consideraba que el asunto ya estaba resuelto.
Muchas de las oportunidades que hoy parecen normales para las mujeres existen porque alguien, en algún momento, se negó a aceptar que ciertas puertas debían permanecer cerradas.
Quizá la razón por la que estas historias siguen siendo relevantes no tiene que ver únicamente con las mujeres o con el fútbol. Tiene que ver con nuestra tendencia a aceptar ciertas ideas como inevitables simplemente porque han estado ahí durante mucho tiempo.
La historia está llena de ejemplos de cosas que parecían permanentes y terminaron cambiando. Lo que las transformó no fue el paso automático del tiempo, sino la decisión de personas que se atrevieron a preguntarse si aquello que todos consideraban normal realmente tenía sentido.

Sobre la autora:
Martha Ruiz es directora editorial de Eje Femenino, profesional en la industria automotriz y promotora de espacios de liderazgo femenino, networking y reflexión contemporánea.
https://www.linkedin.com/in/martharuizg

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