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La inteligencia artificial llegó. ¿Y ahora qué sigue para nosotras?

Por: Martha Ruiz, Directora Editorial, Eje Femenino

Hay conversaciones que, aunque ocurren en todos lados, terminan sintiéndose muy personales. La inteligencia artificial es una de ellas. Cuando empecé a escuchar que cambiaría el trabajo tal como lo conocemos, confieso que mi primera reacción no fue entusiasmo…

¿Y si lo que yo sé hacer deja de tener valor?

Relaciones humanas

El valor de la confianza

Llevo años construyendo relaciones. Es, literalmente, mi trabajo. Represento marcas frente a distribuidores, escucho más de lo que hablo y, muchas veces, debo entender lo que un cliente necesita antes de que él mismo pueda expresarlo con claridad. Hay negociaciones que tardan meses o incluso años en consolidarse, pero todas tienen algo en común: dependen de la confianza.

Por eso, cuando comenzaron las predicciones sobre una inteligencia artificial capaz de escribir, analizar, responder correos y hasta negociar, fue inevitable preguntarme qué lugar ocupábamos quienes hemos construido nuestra carrera alrededor de las relaciones humanas.

Reflexión

La pregunta correcta

Con el tiempo entendí que el problema no era la inteligencia artificial. Era la pregunta que yo me estaba haciendo. La pregunta correcta es: ¿qué puedo dejar en manos de la tecnología para dedicar más tiempo a aquello que solo una persona puede hacer?

La inteligencia artificial procesa información a una velocidad impresionante. Encuentra patrones, resume documentos, organiza datos y propone soluciones en cuestión de segundos. Hoy puede ayudarme a preparar una reunión, analizar un mercado, redactar una propuesta comercial o incluso explorar distintos escenarios antes de tomar una decisión.

Pero todavía hay algo que no sabe hacer. No puede percibir la duda en la voz de un cliente que dice que todo está bien cuando claramente no lo está.
Aprendizaje

El espacio humano

No entiende el valor de una relación construida durante años ni la confianza que se gana después de cumplir una promesa tras otra. Tampoco reemplaza la intuición que desarrollamos después de cientos de conversaciones y experiencias.

Ese sigue siendo nuestro espacio. Hace unos días, mientras conversaba con un colega, le comenté que estaba cursando dos diplomados al mismo tiempo. Me felicitó y después me hizo una pregunta que se quedó conmigo durante varios días: —¿No será que ya no necesitas seguir estudiando tanto?

La pregunta me hizo reflexionar. Porque lo importante es mantener la capacidad de aprender y, sobre todo, convertir ese conocimiento en mejores decisiones.

Uso práctico

Cómo la utilizo hoy

Con la inteligencia artificial me ocurrió exactamente eso. No esperé a sentir que la dominaba para empezar a utilizarla. Comencé haciendo preguntas sencillas. Después la incorporé para investigar, organizar información y preparar algunos documentos. Poco a poco descubrí que su verdadero valor no estaba en que hiciera mi trabajo, sino en que me permitía hacerlo mejor.

Hoy la utilizo para automatizar tareas repetitivas, analizar información antes de una negociación, investigar temas que necesito comprender con rapidez, generar ideas cuando comienzo un proyecto e incluso poner a prueba estrategias desde diferentes perspectivas. En muchos sentidos funciona como un equipo de especialistas disponible cuando lo necesito: un investigador, un analista financiero o un estratega.

La diferencia es que sigo siendo yo quien decide qué preguntas hacer, qué respuestas tienen sentido y qué camino tomar.

Cambio

Lo que realmente importa

Creo que ahí está uno de los grandes cambios que estamos viviendo. Durante muchos años el conocimiento fue el principal diferenciador profesional. Hoy el conocimiento está mucho más disponible. Lo que empieza a marcar la diferencia es la capacidad para interpretarlo, conectarlo con la experiencia y convertirlo en decisiones acertadas.

Las herramientas cambian, la tecnología evoluciona, los procesos se transforman. Pero la confianza, el criterio, la empatía y la capacidad para construir relaciones siguen siendo profundamente humanos.

Dirección

Ser competitiva en esta nueva etapa

Ser competitiva en esta nueva etapa no significa competir contra la inteligencia artificial. Significa aprender a dirigirla.

Durante años, muchas mujeres aprendimos que crecer profesionalmente significaba prepararnos más, estudiar más y demostrar más. La inteligencia artificial no cambia esa esencia, pero sí nos invita a desarrollar una nueva habilidad: aprender con la misma rapidez con la que cambia el mundo. No creo que el futuro pertenezca a quienes sepan más sobre inteligencia artificial. Creo que pertenecerá a quienes sean capaces de combinar tecnología, criterio y relaciones humanas. Y en ese terreno, todavía tenemos mucho que aportar.

Llévalo a la práctica

La inteligencia artificial no se aprende en un curso; se aprende usándola. Si todavía no la has incorporado a tu rutina profesional, prueba con estas tareas:

Prepara una reunión

Pídele que investigue a un cliente, resuma información relevante o te sugiera preguntas para enriquecer la conversación.

Ahorra tiempo

Utilízala para redactar correos, resumir documentos, organizar notas o elaborar minutas que te permitan concentrarte en tareas de mayor valor.

Analiza antes de decidir

Plantea un problema y pídele que explore distintos escenarios, riesgos o alternativas antes de tomar una decisión.

Genera nuevas ideas

Úsala para hacer lluvia de ideas, estructurar presentaciones o descubrir nuevos enfoques para un proyecto.

Desarrolla el hábito de hacer mejores preguntas

La calidad de las respuestas depende, en gran medida, de la calidad de las preguntas. Aprender a conversar con la inteligencia artificial también es una competencia profesional que se fortalece con la práctica.

“La inteligencia artificial no reemplaza la experiencia. Potencia a quienes están dispuestos a seguir aprendiendo.”

Sobre la autora:

Martha Ruiz es directora editorial de Eje Femenino, profesional en la industria automotriz y promotora de espacios de liderazgo femenino, networking y reflexión contemporánea.

Martha Ruiz
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