Por: Martha Ruiz, Directora editorial, Eje Femenino
En las últimas semanas he recibido varias invitaciones para participar en espacios para mujeres y otros espacios de difusión. Algunas tienen que ver con liderazgo, otras con mujeres en la industria y otras con iniciativas que distintas mujeres estamos impulsando.
Cada invitación ha sido diferente, pero juntas me hicieron pensar en algo que quizá hace algunos años no era tan evidente: cada vez existen más espacios donde las mujeres no solamente somos convocadas para escuchar, sino también para compartir lo que hacemos, lo que sabemos y lo que hemos aprendido.
Y eso me parece importante.
Durante mucho tiempo hablamos de la necesidad de contar con más referentes femeninos, de tener acceso a espacios donde las mujeres pudiéramos desarrollarnos profesionalmente y de encontrar a otras que hubieran recorrido caminos parecidos.
Hoy estamos viendo algo más.
Muchas mujeres están creando proyectos, impulsando iniciativas y generando conversaciones que merecen ser escuchadas. Estamos pasando, poco a poco, de pedir espacios a construirlos.
De escuchar a ser escuchadas
Una conferencia puede ofrecernos una idea que nos haga pensar de otra manera. Una historia profesional puede mostrarnos una posibilidad que no habíamos considerado.
Pero existe otro tipo de conocimiento que no siempre encontramos en un curso o en un libro: el que nace de la experiencia.
Una mujer que cuenta cómo llegó a una posición de liderazgo puede hablar también de las dudas que tuvo antes de aceptarla, de las decisiones que le costaron más trabajo o de aquello que hubiera hecho diferente.
Ese tipo de conversación tiene un valor especial porque no parte de una teoría. Parte de haberlo vivido.
Y quizá por eso estos espacios son cada vez más relevantes. No necesitamos escuchar solamente historias de éxito. También necesitamos conocer los caminos que hubo detrás de ellas.
De pedir espacios a construirlos
Durante años, una parte importante de la conversación estuvo centrada en abrir espacios para las mujeres. Era necesario que hubiera más mujeres en posiciones directivas, en conferencias, en mesas de decisión y en sectores donde todavía éramos minoría.
Pero algo está cambiando.
Cada vez más mujeres están creando sus propios espacios. Algunas lo hacen desde asociaciones profesionales; otras, a través de comunidades, medios, programas de mentoría o proyectos independientes. Esta participación también está transformando la manera en que pensamos los espacios que habitamos y construimos. ONU-Habitat ha documentado experiencias de mujeres líderes que impulsan espacios más igualitarios.
Esto tiene una implicación importante: ya no solamente estamos esperando que alguien nos invite. También estamos creando los lugares en los que queremos conversar. Y cuando una mujer construye un espacio, puede decidir qué temas poner sobre la mesa y qué voces quiere escuchar.
Ahí existe una posibilidad enorme.
No todo espacio genera comunidad
Pero también creo que debemos hacernos una pregunta incómoda: ¿todo espacio creado para mujeres genera realmente valor?
No necesariamente.
Un evento puede tener un gran escenario, excelentes conferencistas y una sala llena, y terminar cuando se apagan las luces. Otro encuentro, mucho más pequeño, puede dejar una conversación que continúe durante meses.
La diferencia no siempre está en el tamaño del evento, sino en lo que sucede después. Una participante puede acercarse a otra y descubrir que tienen un proyecto en común. Alguien puede encontrar una mentora. Otra puede recibir una recomendación que le abra una oportunidad profesional.
Eso también es impacto.
Por eso creo que no deberíamos medir estos espacios únicamente por el número de asistentes o por quién estuvo en el escenario. También vale la pena preguntarnos qué quedó después del encuentro.
Lo que sucede cuando termina la conferencia
Muchas veces las conversaciones más interesantes comienzan cuando termina la parte formal. Ocurren mientras tomamos un café o cuando alguien se acerca para hacer una pregunta que no quiso formular frente a todos. A veces continúan días después, cuando recibimos un mensaje de alguien que nos dice que se quedó pensando en algo que comentamos.
Ese momento puede parecer pequeño, pero puede convertirse en una relación profesional que dure años. Puede surgir una colaboración, una mentoría, una recomendación o simplemente la tranquilidad de saber que existe alguien con quien podemos hablar cuando enfrentemos una situación que todavía no sabemos cómo resolver.
Por eso una conferencia puede ser el punto de partida, pero difícilmente debería ser el punto final.
La experiencia también necesita circular
Hay algo que me parece especialmente valioso cuando distintas generaciones de mujeres coinciden en un mismo espacio.
La experiencia de una mujer que lleva décadas en una industria no sustituye la mirada de quien apenas está comenzando. Son conocimientos diferentes. Una puede haber aprendido a tomar decisiones en momentos de incertidumbre; la otra puede estar viendo oportunidades que las generaciones anteriores no tuvieron. Ambas tienen algo que aportar.
Por eso me parece importante que estos espacios no se construyan únicamente alrededor de mujeres que ya alcanzaron posiciones reconocidas. También necesitamos escuchar a quienes están en proceso: a quienes están asumiendo su primer puesto de liderazgo, a quienes están cambiando de carrera, a quienes están emprendiendo o aprendiendo a moverse en una industria nueva.
Una trayectoria no pierde valor porque todavía esté en construcción.
Compartir también es abrir camino
A veces pensamos que abrir camino significa llegar a un lugar donde antes no había mujeres. Y sí, eso importa.
Pero también abrimos camino cuando compartimos aquello que aprendimos, cuando contamos qué nos funcionó y qué no, cuando respondemos una pregunta o cuando presentamos a una persona con otra. También cuando aprendemos a dar y recibir feedback que ayude a otras personas a crecer.
Cuando una mujer que lleva más tiempo en una industria decide compartir su experiencia con alguien que apenas comienza, no necesariamente lo hace porque tenga todas las respuestas. Puede hacerlo porque quizá consiga evitarle a otra persona algunos años de incertidumbre.
Eso también es construir comunidad.
¿Qué hacemos con los espacios para mujeres que estamos creando?
Creo que estamos viviendo una etapa interesante. Cada vez hay más espacios donde las mujeres podemos hacer visibles nuestras experiencias, proyectos y conocimientos.
El reto ahora no es solamente tener esos espacios. Es aprovecharlos.
Podemos asistir a una conferencia y quedarnos únicamente con una frase inspiradora, o podemos tomar una idea y convertirla en una decisión. Podemos intercambiar una tarjeta y no volver a hablar, o podemos construir una relación.
También podemos llegar a un encuentro preguntándonos qué vamos a recibir, pero quizá sea más interesante preguntarnos qué podemos aportar.
Quizá ahí está la siguiente etapa: no solamente ocupar espacios, sino contribuir a que tengan conversaciones que valgan la pena.
Una conferencia termina. La conversación puede apenas comenzar
No todos los encuentros van a cambiar una trayectoria profesional. No todas las conversaciones se convertirán en una oportunidad. Y tampoco tendría por qué ser así.
A veces basta con salir de un espacio con una idea diferente, una nueva perspectiva o una persona con quien podamos volver a conversar.
El crecimiento profesional también ocurre ahí: cuando escuchamos a alguien que recorrió un camino diferente, cuando hacemos una pregunta, cuando compartimos una experiencia o cuando dejamos de pensar que tenemos que resolverlo todo solas.
Creo que estamos construyendo algo interesante. Cada vez más mujeres están ocupando espacios, pero también están creando nuevos lugares para que otras puedan participar.
Y quizá ese sea uno de los cambios más importantes.
No necesitamos solamente más espacios para mujeres.
Necesitamos mejores conversaciones dentro de ellos.
Porque una conferencia termina.
La conversación puede apenas comenzar.
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