Por: Irma Soto, CMO de Apymsa
Hay cansancios que no vienen únicamente de la carga de trabajo.
Vienen de sostener una versión de nosotras mismas que intenta llegar a todo, resolver todo, contener todo y demostrar, una y otra vez, que somos capaces. Un cansancio silencioso que muchas mujeres aprendimos a normalizar porque crecimos creyendo que ser valiosas significaba ser útiles para todos los demás.
Hace poco escuché una frase de Brené Brown que se me quedó grabada: “Daring to set boundaries is about having the courage to love ourselves even when we risk disappointing others.”
Atreverse a poner límites implica tener el valor de amarnos incluso cuando eso pueda decepcionar a otros.
Y pensé en cuántas veces, especialmente en el entorno laboral, muchas mujeres vivimos exactamente lo contrario: sacrificarnos para no decepcionar.
Porque la dificultad de poner límites no empieza en la oficina. Empieza mucho antes.
Empieza cuando desde pequeñas aprendemos a ser “niñas buenas”. A no incomodar. A sonreír, aunque estemos incómodas. A ayudar. A resolver. A ser amables incluso cuando estamos agotadas. A priorizar el bienestar emocional de los demás antes que el propio.
Con los años, eso se traduce en dinámicas laborales profundamente desgastantes.
La mujer que responde mensajes a cualquier hora para demostrar compromiso.
La que absorbe responsabilidades ajenas porque “nadie más lo va a hacer”.
La que evita confrontar faltas de respeto para no parecer complicada.
La que termina administrando emocionalmente al equipo además de cumplir sus propios objetivos.
La que siente culpa cuando descansa.
Y lo más complejo es que muchas veces estas conductas son premiadas.
El problema es que el reconocimiento externo puede disfrazar el desgaste interno durante mucho tiempo.
En Lean In, Sheryl Sandberg habla sobre cómo las mujeres frecuentemente enfrentan un castigo social cuando muestran conductas asociadas al liderazgo tradicional, como firmeza, ambición o capacidad de decir no. Existe una expectativa silenciosa de que debemos liderar,pero sin incomodar demasiado. Ser exitosas, pero seguir siendo agradables. Tener autoridad, pero no parecer “difíciles”.
Y ahí aparece una tensión emocional agotadora.
Porque muchas mujeres viven intentando equilibrar dos necesidades contradictorias: ser respetadas profesionalmente y, al mismo tiempo, seguir siendo aceptadas emocionalmente por quienes las rodean.
He visto mujeres extraordinarias reducir sus opiniones para no parecer “intensas”. He visto líderes brillantes disculparse antes de expresar desacuerdo. He visto mujeres sosteniendo equipos enteros mientras por dentro sienten ansiedad, culpa y agotamiento extremo.
Y también me he visto ahí.
En esa necesidad de demostrar constantemente capacidad.
En la sensación de que, si bajas el ritmo un momento, todo se puede caer.
En creer que descansar es perder terreno.
En sentir que tienes que hacer más para validar el lugar que ya te ganaste.
Simon Sinek habla mucho sobre liderazgo humano y seguridad psicológica. Sobre cómo los mejores entornos son aquellos donde las personas pueden sentirse seguras para hablar, poner límites y mostrarse vulnerables sin miedo a ser castigadas por ello.
Pero la realidad es que muchas mujeres aún trabajan en culturas donde poner límites se interpreta como falta de compromiso.
Si una mujer establece límites claros sobre su tiempo, puede parecer poco colaborativa.
Si protege su agenda, puede parecer inaccesible.
Si habla con firmeza, puede parecer conflictiva.
Si prioriza su bienestar, puede parecer menos “entregada”.
Y entonces sucede algo peligroso: empezamos a desconectarnos de nuestras propias necesidades para sostener la expectativa externa.
Hasta que el cuerpo empieza a cobrar factura.
Ansiedad.
Insomnio.
Irritabilidad.
Cansancio crónico.
Problemas hormonales.
Desmotivación.
La sensación constante de estar sobreviviendo en lugar de vivir.
La escritora y investigadora bell hooks decía que muchas mujeres han sido educadas para creer que el sacrificio es sinónimo de amor. Y creo que algo parecido sucede en el trabajo: confundimos agotamiento con compromiso.
Pero no son lo mismo.
Estar disponible todo el tiempo no significa ser mejor líder.
Resolver todo no significa trabajar mejor.
Desgastarte hasta el límite no significa tener más valor.
Con el tiempo he entendido que poner límites no es levantar muros. Es construir estructura emocional.
Es aprender a decir:
“Esto no puedo resolverlo sola.”
“Necesito apoyo.”
“Mi tiempo también tiene valor.”
“No estoy disponible en este momento.”
“Eso no es una prioridad.”
“No puedo cargar con todo.”
Y aunque parecen frases simples, para muchas mujeres representan años de aprendizaje emocional.
Porque poner límites implica tolerar algo que históricamente nos enseñaron a evitar: la incomodidad de decepcionar a otros.
Ahí está quizá una de las batallas más profundas.
Entender que no siempre podremos ser todo para todos.
Que decir “no” no nos hace egoístas.
Que descansar no nos hace débiles.
Que delegar no nos hace menos capaces.
Y que nuestra dignidad profesional no debería construirse sobre el autoabandono.
Hoy admiro profundamente a las mujeres que aprendieron a liderar sin destruirse en el proceso.
Las que siguen siendo empáticas sin dejar de respetarse.
Las que entendieron que su valor no depende de qué tanto soportan.
Las que dejaron de romantizar el agotamiento.
Las que aprendieron que cuidarse también es una forma de liderazgo.
Porque quizá uno de los actos más revolucionarios para una mujer en el trabajo no es demostrar que puede con todo.
Es entender que no tendría por qué hacerlo.
En una cultura que constantemente nos exige más, poner límites no es falta de compromiso.
Es una forma de permanencia.
De dignidad.
De salud mental.
Y también de amor propio.
Porque al final, el poder de conectar con otros nunca debería costarnos la desconexión con nosotras mismas.








