Inicio / Voces / La culpa de querer más

La culpa de querer más

La conversación pendiente sobre ambición, merecimiento y mujeres que aprendimos a disminuir nuestros sueños.

Hace algunos años, en una conversación profesional, alguien me preguntó cuál era mi siguiente meta. Recuerdo perfectamente que tenía la respuesta clarísima en mi cabeza. Quería crecer, liderar proyectos más grandes, tener mayor impacto, seguir preparándome y llegar más lejos. Lo sabía. Lo sentía. Había trabajado muchísimo para ello.

Pero cuando llegó el momento de decirlo en voz alta, suavicé mi respuesta.

Le bajé intensidad. La adorné con prudencia. Traté de que sonara más “correcta”, más “humilde”, menos ambiciosa.

Y mientras hablaba, me di cuenta de algo incómodo: no estaba escondiendo falta de capacidad. Estaba escondiendo ambición.

Con el tiempo entendí que una de las conversaciones más pendientes que tenemos como mujeres no es solamente sobre liderazgo o equidad. Es sobre merecimiento. Sobre cuánto realmente creemos que merecemos crecer, ganar más, ocupar espacios visibles, liderar equipos, construir empresas o aspirar a una vida más grande sin sentir culpa por ello.

Porque, aunque vivimos en una época donde constantemente escuchamos mensajes sobre empoderamiento femenino, todavía existen ideas profundamente arraigadas sobre cómo “debería” verse una mujer. Y muchas veces esas ideas no se dicen directamente, pero se sienten.

Se sienten cuando una mujer segura incomoda más que un hombre seguro. Cuando una mujer que habla de crecimiento profesional es percibida como “demasiado ambiciosa”, mientras que un hombre con exactamente el mismo discurso suele ser visto como alguien con visión o liderazgo.

Se sienten cuando todavía esperamos que las mujeres suavicen sus logros para no parecer arrogantes. Cuando aprendemos a minimizar nuestros sueños antes incluso de pronunciarlos.

Y sinceramente, creo que muchas crecimos así.

Aprendimos a ser responsables, fuertes, resilientes, trabajadoras. Aprendimos a resolver, a sostener, a cumplir expectativas. Pero también aprendimos, casi sin darnos cuenta, a no sobresalir demasiado. A no parecer demasiado seguras. A no pedir demasiado. A no querer demasiado.

Como si hubiera algo incómodo en una mujer que reconoce abiertamente que quiere crecer.

Cuando leí Lean In de Sheryl Sandberg, hubo una idea que me confrontó profundamente: muchas mujeres no se frenan por falta de talento, sino porque internamente siguen negociando si tienen permiso de ir por más.

Y creo que ahí existe una diferencia importante que rara vez ponemos sobre la mesa.

El síndrome del impostor te hace pensar que no eres suficientemente capaz. Pero el conflicto del merecimiento funciona distinto. No necesariamente dudas de tu capacidad; dudas de si está “bien” querer más. Y esa diferencia cambia completamente la conversación.

Porque muchas veces no es que no sepamos hacer las cosas. Es que crecimos sintiendo que debíamos justificar constantemente por qué queríamos crecer, ganar más o aspirar a posiciones más altas.

Y esa culpa sí tiene consecuencias reales.

La veo todos los días en mujeres increíblemente capaces que no negocian el sueldo que realmente merecen porque sienten que deberían “agradecer la oportunidad”. Mujeres que no levantan la mano para posiciones de liderazgo porque creen que todavía les falta algo. Mujeres que no cobran lo justo por su trabajo. Mujeres que no se atreven a construir su propia empresa porque sienten que aún necesitan validación, perfección o permiso antes de empezar.

Y ahí hay una conversación importantísima que todavía incomoda: la disparidad salarial de género.

Sí, existen factores estructurales, culturales y organizacionales que siguen generando brechas salariales entre hombres y mujeres. Pero también existe algo mucho más silencioso: la forma en la que muchas mujeres hemos aprendido a minimizar lo que valemos.

Porque cuando creces creyendo que pedir más puede hacerte ver “conflictiva”, “malagradecida” o “demasiado ambiciosa”, terminas negociando desde la culpa y no desde tu valor.

Y eso impacta muchísimo más de lo que imaginamos: el sueldo que aceptamos, las oportunidades que perseguimos, la forma en la que cobramos nuestro trabajo, incluso el tamaño de los sueños que nos permitimos construir.

Recuerdo etapas de mi vida profesional donde me cuestionaba profundamente cada vez que deseaba crecer más. No porque dudara de mi capacidad, sino porque existía una sensación difícil de explicar: la idea de que desear más podía hacerme ver egoísta, inconforme o demasiado ambiciosa.

Hasta que un día entendí algo importante: no hay nada egoísta en desarrollar tu potencial. Lo verdaderamente triste sería enterrarlo por miedo a incomodar.

También entendí que la ambición no necesariamente nace del ego. A veces nace de la expansión. Del deseo genuino de construir una mejor vida, generar libertad económica, abrir camino para otras mujeres o demostrarte a ti misma hasta dónde puedes llegar cuando dejas de ponerte límites antes de intentarlo.

¿Qué haría distinto si dejara de sentir culpa por querer más?

Me di cuenta de cuántas veces había reducido mis propios sueños para sentirme aceptada. Cuántas veces había suavizado mis metas para no parecer “demasiado”. Cuántas veces había confundido humildad con invisibilidad.

Creer en ti no significa pensar que eres perfecta. Significa dejar de actuar como si necesitaras permiso para convertirte en todo lo que puedes llegar a ser.

No tienes que pedir perdón por tu ambición. No tienes que disminuir tus sueños para hacer sentir cómodos a otros. No tienes que suavizar tu deseo de crecer para sentirte aceptada.

Porque tal vez el problema nunca fue querer demasiado. Tal vez el problema fue crecer creyendo que una mujer debía sentirse culpable por desear más de la vida.

¿Cuántas veces has minimizado lo que realmente quieres… para no incomodar?

Irma Soto
Etiqueta:

Deje un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *