Por: Martha Ruiz, Directora Editorial, Eje Femenino
La carrera que imaginábamos
Cuando comenzamos nuestra vida profesional es bastante común tener una idea más o menos clara de lo que significa avanzar. Queremos aprender, conseguir un buen trabajo, ganar experiencia, asumir mayores responsabilidades y, eventualmente, ocupar posiciones que representen ese crecimiento. En ese momento, mirar hacia arriba parece la manera natural de mirar hacia adelante.
Durante muchos años, además, las señales de éxito son relativamente fáciles de identificar. Un ascenso, un mejor sueldo, un puesto directivo, un proyecto importante o el reconocimiento de otras personas nos confirman que estamos avanzando. No hay nada equivocado en querer esas cosas. El problema aparece cuando dejamos de preguntarnos si siguen siendo lo que queremos y simplemente continuamos persiguiéndolas porque eso es lo que aprendimos a considerar una buena carrera.
Con los años, la vida profesional se encuentra con otras dimensiones de nuestra vida. Cambian nuestras responsabilidades, nuestros intereses, nuestra manera de entender el tiempo y también aquello que estamos dispuestas a sacrificar por un determinado puesto o una determinada oportunidad. La pregunta deja de ser únicamente cuánto podemos conseguir y empieza a incluir qué tipo de vida queremos construir alrededor de nuestro trabajo.
Crecer no siempre significa ascender
Existe una idea muy arraigada de que una carrera profesional debe seguir una trayectoria ascendente. Cada nuevo paso debería representar más responsabilidad, mayor autoridad y mejores condiciones. Pero esa lógica deja fuera muchas otras formas de crecimiento.
Una profesional puede decidir profundizar en una especialidad en lugar de asumir una posición directiva. Puede convertirse en mentora, consultora, emprendedora o especialista. Puede cambiar de industria después de muchos años de experiencia o volver a estudiar algo que siempre le interesó.
También puede decidir que quiere conservar el puesto que tiene y dedicar su energía a hacerlo cada vez mejor, sin que eso signifique falta de ambición.
El crecimiento profesional no tiene una única dirección. El problema es que muchas veces seguimos utilizando el ascenso como la principal evidencia de que una carrera está avanzando. Y quizá necesitamos ampliar esa definición.
Cuando la experiencia empieza a pesar de otra manera
Después de muchos años de trabajo ocurre algo que no siempre reconocemos: acumulamos una cantidad de conocimiento que no aparece necesariamente en un título o en un puesto.
Aprendemos a resolver problemas, a leer situaciones, a reconocer oportunidades y a distinguir aquello que merece nuestra energía de aquello que no. También aprendemos de nuestros errores y desarrollamos una perspectiva que solamente puede construirse con el tiempo.
Sin embargo, vivimos en un entorno profesional que con frecuencia pone mucho énfasis en lo nuevo. Nuevas tecnologías, nuevas habilidades, nuevas formas de trabajar y nuevas generaciones de profesionales. Mantenerse actualizado es necesario, pero una cosa es seguir aprendiendo y otra sentir que tenemos que demostrar permanentemente que nuestra experiencia no nos ha vuelto obsoletas.
La experiencia no debería ser algo que necesitamos justificar.
Por supuesto que necesitamos aprender. Las profesiones cambian y nadie puede depender exclusivamente de lo que aprendió hace veinte años. Pero mantenerse vigente no significa borrar todo lo que construimos antes. Significa sumar nuevas herramientas a una experiencia que ya existe.
El Global Gender Gap Report 2025 del World Economic Forum también aborda cómo las trayectorias profesionales están dejando de ser exclusivamente lineales y muestran cada vez más movimientos laterales, transiciones entre sectores y diferentes experiencias a lo largo de la carrera.
¿Qué pasa cuando ya no queremos demostrar que podemos?
Durante una buena parte de nuestra carrera podemos estar muy concentradas en demostrar capacidad. Aceptamos responsabilidades porque queremos avanzar, asumimos proyectos difíciles porque queremos aprender y trabajamos más porque queremos demostrar que podemos responder. Y probablemente muchas veces podemos.
Pero la capacidad también puede convertirse en una trampa cuando empezamos a pensar que, porque somos capaces de hacer algo, necesariamente debemos hacerlo.
Con los años puede aparecer una diferencia importante entre poder y querer.
Podemos aceptar un puesto de mayor responsabilidad y decidir que no queremos hacerlo. Podemos trabajar más horas y decidir que ya no queremos organizar nuestra vida de esa manera. Podemos tener la preparación para asumir otro reto y, sin embargo, elegir otro camino.
Eso no significa renunciar a la ambición. Puede significar que finalmente estamos tomando decisiones profesionales desde un lugar distinto.
El éxito también tiene que ver con la libertad
Quizá una de las cosas que podemos ganar después de muchos años de trayectoria es una mayor capacidad de elección. Nuestra experiencia puede permitirnos identificar mejor los proyectos en los que queremos participar, las personas con las que queremos trabajar y las condiciones que necesitamos para hacer bien nuestro trabajo. También puede darnos herramientas para decir que no a aquello que antes habríamos aceptado simplemente porque parecía una oportunidad.
Esa capacidad de elegir también es una forma de crecimiento.
No necesariamente se refleja en un nuevo título o en una posición más alta dentro de una organización, pero puede cambiar profundamente la manera en que vivimos nuestra carrera.
Una carrera larga puede darnos conocimiento, contactos, autoridad y experiencia. Pero quizá uno de sus mayores beneficios sea poder utilizar todo eso para construir una vida profesional que se parezca más a la vida que queremos tener.
No existe una carrera correcta para cada edad
Hablar de los 40, 50 o 60 puede llevarnos fácilmente a crear nuevas reglas. A los 40 hay que reinventarse. A los 50 hay que convertirse en mentora. A los 60 hay que retirarse o dedicarse a transmitir experiencia.
No necesitamos sustituir unas expectativas por otras.
Una mujer puede llegar a los 50 y querer ocupar una posición directiva. Otra puede querer emprender. Otra puede estar pensando en cambiar de profesión. Otra puede querer trabajar menos. Otra puede querer continuar exactamente donde está porque se siente satisfecha con lo que hace.
No hay una respuesta correcta asociada a la edad. Lo importante es que la decisión no esté determinada únicamente por lo que se supone que una mujer debería estar haciendo en esa etapa de su vida. Porque una carrera también es una construcción personal. Y lo que considerábamos éxito a los 30 puede no ser lo mismo que consideramos éxito a los 50. Eso no significa que hayamos perdido el rumbo. Significa que hemos cambiado.
Tal vez necesitamos cambiar la forma de medir una carrera
Estamos acostumbradas a medir el desempeño profesional con indicadores muy concretos: ingresos, resultados, crecimiento, responsabilidades, número de personas a nuestro cargo, proyectos terminados. Son datos importantes. Pero cuando hablamos de nuestra propia trayectoria, quizá no sean suficientes.
También podríamos preguntarnos si seguimos aprendiendo, si nuestra experiencia está siendo valorada, si el trabajo que hacemos tiene sentido, si tenemos espacio para nuestra vida personal y si las decisiones que estamos tomando corresponden realmente a nuestras prioridades.
No porque el dinero o el reconocimiento dejen de importar, sino porque una carrera ocupa una parte demasiado importante de nuestra vida como para medirla únicamente por lo que aparece en una tarjeta de presentación.
El éxito profesional también puede cambiar
Tal vez cuando comenzamos nuestra carrera queríamos llegar lejos. Con el tiempo podemos descubrir que lo que queremos no es necesariamente llegar más lejos, sino tener mayor libertad para decidir hacia dónde ir. Quizá antes buscábamos reconocimiento y ahora buscamos autonomía. Quizá antes queríamos un puesto y ahora queremos tiempo. Quizá antes necesitábamos demostrar que podíamos y ahora preferimos decidir qué vale la pena hacer.
Ninguna de esas transformaciones significa que dejamos de tener ambición.
Significa que nuestra definición de éxito se volvió más personal.
El éxito profesional también debería poder cambiar a medida que cambiamos nosotras.
Una última pregunta
Después de tantos años construyendo experiencia, quizá valga la pena cambiar la pregunta. No solamente pensar en qué más podemos conseguir, sino en qué queremos hacer con todo lo que ya hemos construido.
Porque crecer profesionalmente también puede significar elegir mejor, cambiar de dirección, aprender algo nuevo, compartir lo que sabemos o simplemente dejar de perseguir aquello que ya no queremos.
La carrera que alguna vez imaginamos no tiene por qué ser la misma que queremos vivir hoy. Y eso también puede ser una forma de éxito.
Una pregunta para ti
Después de tantos años construyendo experiencia, ¿qué quieres hacer con todo lo que ya has construido?
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